Sin embargo, muchos son los pensadores que jamás han visto en vida el desarrollo de sus ideas (Gregori, 2000).Y quizá, ni falta que hace, porque cuando colectivamente rescatamos un pensamiento de nuestro pasado, equivale a decir que se ha vivido en el error, que nuestro presente había sido predicho por una brillante mente que supo ver el futuro: es una poderosa razón para creer que los pensamientos viajan en el tiempo, como postula el físico Garnier mediante su teoría del desdoblamiento del tiempo. Como si todo estuviera escrito y lo único que hay que hacer es descubrir el sentido de la vida de un modo plenamente hermenéutico, como si de un paradigma holográfico se tratara (Wilber, 1987). Y ello, evidentemente, solo se puede hacer con una profunda reflexión (razón) pero también mediante la meditación (espíritu), porque hay dos modos de saber (Wilber, 2005d), el método científico y el místico, como han declarado las mentes más lúcidas de la ciencia y recoge Ken Wilber (2013) en la obra Cuestiones cuánticas. Se recopila en dicha obra los escritos místicos de los físicos más famosos del mundo. Son unos escritos místicos de los científicos más eminentes de nuestra era, los padres fundadores de la relatividad y de la física cuántica. Todos ellos, con un lenguaje asequible y ajeno a la terminología técnica, expresan su convicción de que la física y la mística, de alguna manera, son complementarias. Sin embargo, el método científico erre que erre con el “ver para creer” que, tras su desengaño con la física cuántica, tiene que hacer sitio para que se acomode a su lado la fenomenología que aboga por el “creer para ver”, yuxtaponiéndose entonces razón y espíritu. Un cambio de paradigma pensativo que, a buen seguro, desde el futuro podrá ser comparado con el cogito cartesiano de mi admirado Descartes, del cual aprendí a ser crítico hasta la extenuación con tal de llegar a la verdad. Saber la verdad es vivir en la verdad, aunque no haya un reconocimiento social. El mundo tal como lo conocemos y ha demostrado Marx, aliena no solo a la biosfera sino también a la noosfera, teniendo como consecuencia más directa la fragmentación de los egos y su disociación de la colectividad; unos egos que se han lanzado a la loca carrera del crecimiento infinito en un planeta finito (Latouche, 2011). Ahora hay que revertir ello, pues es el pensamiento quien debe transformar la realidad acorde a unas reglas universales hasta ahora descuidadas por el pensamiento occidental. Cambiar ese pensamiento depredador dominante costará tiempo y esfuerzo. ¿Quién asumirá tal reto? Desde una cronología histórica han sido primero los filósofos y luego los científicos los defensores a ultranza del saber, aunque los segundos le han pisado el terreno a los primeros, el hijo le ha quitado la silla al padre. En efecto, en uno de esos bucles hegelianos en la historia, la ciencia se ha apoderado de la genuina reflexión filosófica al someterla a una serie de dogmas que caen por su propio peso como demuestra Sheldrake (2013) en su obra El espejismo de la ciencia. Ahora, esa misma ciencia, está redimensionando sus creencias hacia el espíritu, como lo hace la física cuántica (Garnier, 2012), también la biología (Lipton, 2007) y las neurociencias (Evers, 2011). Además, por otro flanco, la psicología transpersonal ha emergido como cuarta fuerza, y teniendo como abanderada a la filosofía perenne. Así, hay una doble inflexión, desde las ciencias naturales pero también desde las ciencias humanísticas. Y en ese maremágnum de ideas, solo se puede poner orden desde una profunda reflexión como pretende La educación cuántica: propugna una revisión epistemológica como revulsivo al materialismo científico que ha dominado el pensamiento occidental. El pensamiento occidental está contaminado por el materialismo científico y ha relegado la filosofía a un simple psicologismo carente de propósito, incluso la psicología ha usurpado a la filosofía el rango sanador del espíritu humano. Pero esto no funciona, el ego está herido de muerte y solo el saber y el amor lo puede sanar. Quizá, si Platón ha tenido razón una vez con su alegoría del Mito de la Caverna, habrá que seguirle también en su modo de ver la gobernanza mediante un consejo de sabios, existente políticamente, pero no al servicio de la humanidad sino de la clase plutocrática. ¿Se entiende bien todo lo anterior a modo de clarificación epistemológica en esta emergente idea que es La educación cuántica? Para aquel lector que no haya sabido leer entre líneas, la sabiduría y el amor son los fundamentos epistemológicos por excelencia para sanar al ego disociado de la colectividad.
Educación cuántica /Martos
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