Tras el Renacimiento surgió la Edad de la Razón o Filosofía Moderna, uno de cuyos máximos exponente fue Kant. Con sus Tres críticas, la Crítica de la razón pura (Kant, 2005), la Crítica de la razón práctica (Kant, 2008) y la Crítica del juicio (Kant, 2006a), se produce una diferenciación de tres esferas: la ciencia, la moralidad y el arte. Con esta diferenciación, ya no había vuelta atrás. En el sincretismo mítico, la ciencia, la moralidad y el arte, estaban todavía globalmente fusionados. Por ejemplo: una “verdad” científica era verdadera solamente si encajaba en el dogma religioso. Con Kant, cada una de estas tres esferas se diferencia y se libera para desarrollar su propio potencial: la esfera de la ciencia empírica trata con aquellos aspectos de la realidad que pueden ser investigados de forma relativamente “objetiva” y descritos en un lenguaje, es decir, verdades proposicionales y descriptivas; la esfera práctica o razón moral, se refiere a cómo tú y yo podemos interactuar pragmáticamente e interrelacionarnos en términos que tenemos algo en común, es decir, un entendimiento mutuo; la esfera del arte o juicio estético se refiere a cómo me expreso y qué es lo que expreso de mí, es decir, la profundidad del yo individual: sinceridad y expresividad (Wilber, 2005b). La Edad Moderna supuso un triunfo de la razón frente al oscurantismo de la Edad Media, y propició la lenta gestación del capitalismo y el Estado. Históricamente, se suele situar el fin de la Edad Moderna con la Revolución francesa de 1789. A partir de esta revolución se inicia la Edad contemporánea hasta la actualidad. Son muchos los acontecimientos históricos que han contribuido a la construcción de nuestro mundo tal como lo conocemos: la revolución industrial, la revolución burguesa, la revolución liberal, el imperialismo capitalista, la abolición de la esclavitud, la emancipación de la mujer, la revolución científica y la actual globalización. Pero una característica principal de la Edad contemporánea ha sido un crecimiento económico más allá de los límites de la propia naturaleza, pues hay un crecimiento desmesurado que consume los recursos disponibles. En ese derrotero, el economicismo neoliberal ha elevado el nivel de vida para una gran mayoría de seres humanos, pero agudizando también las desigualdades sociales entre las personas, los países y los continentes. La consecuencia de ese desigual crecimiento económico ha acarreado graves problemas medioambientales en la actualidad. Pero las consecuencias más graves son de carácter ontológico para la humanidad: la vorágine ascendente de la riqueza y de la libertad colectiva ha sido posible gracias a las transformaciones políticas que ampliaron las libertades de los individuos. La paradoja que se está dando en nuestra época contemporánea es que el binomio riqueza-libertad está en conflicto, pues los pecados del capitalismo han permitido la creación de unos poderes fácticos económicos en manos de unos pocos individuos, en detrimento de la pobreza y la libertad de la gran mayoría de la población mundial. Es por ello que voces autorizadas como Amartya Sen, José Saramago, John Kenneth Galbraith y Joseph Stiglitz se han rebelado contra la excesiva riqueza creada en base al engaño y la falsedad endémica a través de un entramado de corporaciones financieras y económicas, provocando con ello una creciente divergencia con la pobreza mundial. Todo un fraude de una minoría plutocrática a la humanidad tal como denuncia John Galbraith (2007) en su obra La economía del fraude inocente. En la segunda mitad del siglo XX, aparecen diversas corrientes de pensamiento posmodernistas coincidiendo en que, el proyecto modernista, fracasó en su intento de renovación de las formas tradicionales del arte y de la cultura, el pensamiento y la vida social (Vattimo, 2006). La posmodernidad no ha logrado la integración del “ello”, el “yo” y el “nosotros” diferenciados por Kant. Sigue siendo una asignatura pendiente para la humanidad. El principal problema para la postmodernidad tiene su origen, precisamente, en la carencia esencial de que adolece: un sistema que describa la totalidad, es decir, una coherencia explicativa para la integración del “ello”, el “yo” y el nosotros”. La postmodernidad, entendida como superación de la Edad Moderna, también ha fracasado en su intento de lograr la emancipación de la humanidad. Desde luego, como actitud filosófica, la postmodernidad no ha logrado dicho objetivo al no haber logrado la integración del “ello”, el “yo” y el “nosotros” diferenciados por Kant. ¿Y dónde se halla esa genuina actitud filosófica? ¿Desde una perspectiva histórica, quién se ha atrevido a aunar los tres mundos diferencias por Kant: ciencia, ego y moralidad? Ni más ni menos que los místicos cuánticos.
Educación cuántica /Marto
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