¿Y de dónde proviene el rebufo de aire fresco que necesita la humanidad? Sí, de la sabiduría perenne magníficamente asumida por las filosofías orientales, cuyos presupuestos cognitivos son recogidos por la psicología transpersonal como ciencia de la conciencia. La psicología transpersonal -véase nota iii- surgió como “cuarta fuerza” tras el conductismo, el psicoanálisis y la psicología humanista. Existen iniciativas desde el ámbito de la psicología académica para integrar lo “transpersonal” como objeto de estudio serio y científico tal como realiza el Journal of Transpersonal Research –véase nota xxxiv- integrado en la Asociación Transpersonal Europea (EUROTAS) –véase nota xxxv-. En el ámbito universitario, es digna de mención la tesis doctoral de Iker Puente titulada Complejidad y psicología transpersonal: Caos, autoorganización y experiencia cumbre en psicoterapia (Universidad Autónoma de Barcelona, 2014). La sabiduría perenne contempla al hombre como un todo holístico: cuerpo, mente y espíritu. Ese giro copernicano de la historia del pensamiento tendrá importantes connotaciones en todas las instancias sociales, intelectuales, científicas, políticas, psicológicas y espirituales, porque todas ellas se verán afectadas por la autopoiesis xlvi de la naturaleza, consistente en la integración de la razón en el espíritu, respectivamente, una convergencia del saber con el amor. Todo un segundo renacimiento donde las ideas materialistas recibirán un baño platónico, permitiendo que la trascendencia universal se instale en nuestro modo de pensar y en las relaciones humanas. Todo muy bonito, pero llegado a este punto hay que hacer una salvedad. Hace más de veinte siglos, ya Platón, nos hablaba del Mundo de las Ideas, las mismas que están ahora en pugna entre el racionalismo pragmático y el racionalismo espiritual, un tránsito cognitivo del primero al segundo y que tiene todas las características del viaje metafórico descrito en el Mito de la Caverna, como si de una verdad perenne se tratara, y que la sociedad occidental todavía no hubiera aprendido la lección. ¿No sería una sabia solución enseñar bien ello a nuestros descendientes? ¿No sería más conveniente transmitir una educación acorde a los tiempos cuánticos? ¿No son tiempos de una educación cuántica? Pero ello no será una tarea fácil, porque la historia no es lineal. Se producen bucles temporales como bien ha argumentado Hegel, y por tanto aparecen ideas como las de Marx, osadas y denostadas en su momento, pero certeras en su apreciación un siglo después, pero a qué precio. Es como si hubiera tres historias en una donde pasado, presente y futuro, de algún modo se hallan misteriosamente unidos como argumenta Garnier (2012) mediante la física cuántica. Ahora, los “místicos cuánticos” junto a los psicólogos transpersonales, se constituyen en una genuina propuesta como filosofía transpersonal (Martos, 2010). Sin embargo, si nos atenemos a la teoría de “la potencia al acto” aristotélica xlvii, hay que salvar un devenir existencial. Ello quiere decir que, al igual que los postulados marxistas han tenido su reconocimiento intelectual un siglo después, es más que razonable que los planteamientos de La educación cuántica se dilaten en el tiempo. Siempre me queda la reconfortante satisfacción que estoy viajando cuánticamente mediante los pensamientos que me conectan con los presentes y futuros lectores, del mismo modo que viajo en el pasado leyendo a los ilustres predecesores maestros del pensamiento, que los hay tanto en la filosofía tradicional como en la perenne, como si el Mundo de las Ideas fuera un recóndito lugar dónde se accede desde la inefabilidad, por mucho que escribamos sobre ello. En suma, lo que quiero expresar es que toda teoría lleva su tiempo para ser llevada a la práctica aunque a veces se producen auténticas revoluciones culturales. De todas las revoluciones habidas en esta civilización, quizá nos hallamos ante la más trascendente de la historia del pensamiento: la integración de la razón en el espíritu, respectivamente, del saber y el amor.
Educación cuántica/Martos.
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